jueves, 4 de julio de 2019

Gerardo Berensztein y la mar en coche

Jueves. Es mi día favorito de la semana. Tres horas de viaje me tira el cómollego. El Roca hasta Constitución. Subte C y combinación con la A. Once. El Sarmiento hasta Castelar. Hace bastante frío y voy pensando que no busco nada en especial con estas entrevistas: solo quiero escuchar historias. Si puedo conocer más a Santoro, mejor. Si hay datos relevantes para la tesis, genial. Pero hasta ahora, el 90% de lo que pasa cuando charlo con sus amigos/as o compañeros/as no me sirve directamente para la tesis. Ya todos lo sabemos, las tesis a secas son papeles que más tarde o más temprano van a quedar en el olvido. En fin. Ese jueves fresquito de junio, hace dos semanas, fui a visitar a Gerardo Berensztein. Tiene la misma edad que tendría Santoro hoy. "Nacimos los dos en el 39" es lo primero que me dice. Su casa es preciosa. Baja, antigua, de piedra, con un pasto largo en la entrada y plantas. Me gustaría vivir en un lugar así. Me recuerda a las visitas que hacía periódicamente a mi abuela, no sé porqué siento eso cada vez que voy a ver a alguien mayor. Pienso que quizás estuvo un rato esperándome, igual que mi abuela, que debe haber anotado en algún lado "16 hs. Agustina" o algo así, para no olvidarse. Siempre me pareció un gesto afectuoso. Yo estoy feliz. Doy un vistazo general y ya presiento que esa sala de estar es una mina de oro, un museo de tesoros. Libros, papeles, fotos, cerámicas, cuadros por todos lados. No puedo parar de mirar. Quiero disimular pero no puedo. Igual que los demás, Gerardo me pregunta qué quiero saber. No sé si lo decepciono o no pero le digo que no quiero saber nada puntual, que quiero charlar con él, que quiero conocerlo. Y entonces anuncia que va a contarme todo desde el principio. "Yo estudié Derecho. Y el pelado, porque así le decían todos a Roberto, se anotó primero en Filosofía y Letras pero no llegó a cursar nada. Después sí hizo algunas materias de Asistencia Social". Bueno, la cuestión es que los dos eran estudiantes de la UBA y se habían anotado en un seminario de teatro que daba una mujer austriaca, aparentemente muy prestigiosa, que se llamaba Hedy Crilla, conocida por introducir el método Stanilavski en Argentina. Ahí se encuentran, se flechan y se vuelven inseparables. Hacen todo juntos. Empiezan a fantasear con escribir, con hacer obras, con tener una revista. Lo que los termina de unir definitivamente son dos pibas del barrio de Chacarita. El pelado, un día, le dice a Gerardo que conoció una mina y que esta tiene una hermana gemela. Se la presenta, se ponen de novios y empiezan a salir a todos lados los cuatro: Roberto y Dolores, Gerardo y la negra Teresa. Gerardo y Teresa salen 7 años, Dolores y Roberto se casan, más tarde tienen una hija (Paula) y permanecen juntos hasta 1977, cuando al pelado lo secuestran y desaparecen los militares. Gerado y Roberto hacen una revista que se llamó La Cosa. Escriben la vida de José Paulmba, un hombre tan mediocre, que no le pasaba nada interesante. Roberto quería que esa revista siempre cambiara de forma. Primero fue en papel afiche, cuadrada, pero después tenía que salir redonda, con forma de víbora. Norberto Salguero desapareció con la guita para imprimir el número 2 que nunca salió. Gerardo me dice que hasta el día de hoy siente algo de bronca por aquel episodio. Me cuenta que con el pelado escribieron obras de teatro, una titulada "La mar en coche". Me explica la frase, me dice que todo nació a raíz de una anécdota de Roberto. "Resulta que él estaba esperando el colectivo y en la fila, al final, había un tipo. El típico porteño. Bien peinadito, de traje, con el diario abajo del brazo, maletín. Y el colectivo no venía y no venía y se empezó a calentar el tipo. Entonces grita 'Los alemaaaaaanes... los alemaaaanes....' Y todos se dan vuelta, obvio, a ver qué tenía para decir. Y tan agobiado que estaba, cierra: 'Ahhh... ¡qué se yo los alemanes!' Y el pelado se mataba de risa contando eso y también le parecía que había que hacer algo con lo que veía en la calle. A partir de ahí escribimos una obra". Ese texto dice que lo tiene tirado en algún lugar de su casa. Que no tiene ningún valor. Me desespero y le digo que sí, que por favor lo busque, que lo quiero leer, que miles más querrían leerlo, que seguro es una genialidad. Se ríe de mí pero con cierta ternura, porque ya está de vuelta, en realidad creo que me está diciendo que ya está, que eso fue un juego y que no todo tiene que ser publicado. Igual me promete que lo va a buscar. Bueno, Gerardo después se casó con la que fue su compañera durante 50 años y que falleció en el 2016. Tuvieron dos hijos, ahora adultos. Me muestra fotos de sus nietos y videos del casamiento de su hijo varón que vive en España, entre los cuales hay un discurso suyo sobre el amor. Paciencia y respeto dice que es lo más importante. Su compañera era de origen japones. Por eso las cerámicas japonesas y los cuadros de mujeres y flores orientales. Según él, los japoneses rinden bastante culto al respeto y por eso su matrimonio duró tanto. Además del amor, claro. Me acerco a la chimenea para ver una foto de los dos, en blanco y negro. Hermosa. Él con cara de loco, tocando la guitarra, ubicado exactamente arriba de ella que mira muy dulce, con una flauta. Son desconocidos para mí, pero lo que veo es lindo y pienso que la intuición no me puede fallar. Gerardo se emociona hablando de ella. La casa está silenciosa, es demasiado grande ahora que la veo mejor. No sé porqué me confiesa que se arrepiente de no haber aprendido a bailar tango. Yo le digo que nunca es tarde y entonces me retruca con que tiene cinco bypass. Supongo que le causa un poco mi exceso de entusiasmo y mi ingenuidad, obvio. La tiene clara. Ya sabe todo. Mejor hago un poco de silencio. 
Me invita a la cocina y antes a su ex-estudio de abogado, profesión que ejerció durante más de 40 años. Me dice "Vení, pasá, total estamos en confianza". Me muestra unos cuadros donde están enmarcados periódicos de 1830 en adelante. La Gaceta, La Nación. La época de Rosas. La guerra con el Paraguay. Saca una carpeta bastante grande llena de noticias viejas, amarillentas, rotas, y me dice que merezco ver lo que tiene. Todos diarios viejísimos, de antaño. Los compró por monedas en una feria de garaje. Se ríe porque los pagó simbólicamente. Era chico pero le gustaban las antigüedades y sabía que tenían algún valor. Tomamos té. Escuchamos música clásica de la radio. Le cuento que vivo en La Plata y todo eso. No me pregunta nada. Habla un rato largo de las obras teatrales que escribió y de algunas que llegó a dirigir. Se las pido también. Una es un monólogo del culo.
No recuerdo porqué empezó a sacar los libros de Santoro y a mostrarme las dedicatorias. Una de ellas está en El último tranvía. Él le dedicaba los libros a todos. Pero ese tiene un valor especial. Un día tomaron el último tranvía, literalmente. Sabían que iba a pasar por última vez y estuvieron viajando un rato largo. Después Santoro escribió ese libro. También me contó que en su casamiento, el pelado estuvo vendiéndole a todos los invitados/as su libro Literatura de la pelota. Y vendió más de 50. Todo para ilustrar que vendía en todos lados, que no le importaba nada. Imagino que debe haber sido tan divertido, tan mágico, tan único. Me da la razón. Era un personaje tremendo. Y juntos, pura risa. El pelado llevaba a todos lados una libreta pequeña donde tenía anotadas sus anécdotas y chistes y que en medio de cualquier reunión, pum, la sacaba y empezaba el show. Era de otro mundo. Andaba con todo a todas partes, me dice Gerardo, que ya en los setenta era un inconsciente, que él le había dicho que se cuidara, porque andaba en tren por todo Buenos Aires con sus libros y revistas. Y ahí se acuerda de Poesía en general, un libro contra la policía, contra la represión. Se agarra la cabeza, se gira y me dice "¡¡¡Qué pelotudo!!!". Pero bueno... él no se guardaba nada, iba al frente y eso cuando se tiene, es como un fuego que no podés apagar. Gerardo parece bastante mesurado, tranquilo, paciente. Aunque no militó en nada, me empieza a contar largas historias sobre amigos y conocidos a los que ayudó a exiliarse o a resguardarse de la dictadura. Me habla de otros poetas y artistas, uno hasta vivía por ahí cerca de Castelar y de un centro cultural llamado "La casa del poeta". Yo anoto todo en mi cuaderno como si estuviera en una clase de la facultad y ya quiero volver a casa para googlear todo y saber más. Me dice que el tema que elegí para mi tesis es excelente. "Muy bien elegido", sentencia. Y agrega que va a buscarme para la próxima una foto que tiene con Roberto, después de jugar al fútbol. Solo me voy porque quedé en cenar con una amiga por Colegiales y es un poco lejos. Tengo que tomar de nuevo el tren y un colectivo. En la estación no me prendo un cigarrillo como siempre porque dejé de fumar. Saco una bufanda de la mochila. Miro para todos lados y mientras espero, me pregunto si el pelado habrá andado por ahí.

No hay descripción de la foto disponible.
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domingo, 30 de junio de 2019

Hoy, doy inicio a esta página, un poco pretenciosa, con el fin de registrar distintas entrevistas y encuentros que tuve y tengo con amigos/as, compañeros/as, poetas y artistas cercanos al escritor argentino Roberto Santoro (1939-1977). La tesis doctoral es la excusa para escuchar historias, conocer personajes excéntricos y maravillosos, viajar en tren, recibir regalos, ver libros y diarios viejos. Entonces, voy a subir, a modo de archivo itinerante, lo que surja de esos recorridos y visitas: fotos, dedicatorias, mapas, anécdotas, sensaciones, preguntas, lo que sea. Esta es una parte mínima de la vida de Santoro. Y también de la mía y de todxs lxs que compartieron con él pasiones, deseos, caminos.